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No regalos, ¡impuestos!

La responsabilidad social empresarial puede ser un interesante y potente recurso para facilitar los acercamientos entre las empresas y el mundo de la gente. Puede ser una maravillosa oportunidad para acompañar los procesos sociales, para descubrir potencialidades en sí mismas y para hacer cosas que sensibilicen, formen y permitan la humanización empresarial.

Pero no debe convertirse en la forma de evadir la enorme responsabilidad, que también todos tenemos, de aportar recursos financieros cruciales para el desarrollo de la sociedad.

Una de las grandes lecciones de lo ocurrido con Aceros de Guatemala (AG) es que el pago de impuestos no solo les sale más barato a las grandes empresas, sino que, además, si son pagados en los tiempos correctos (y si además, todos pagan), evita que se creen las brechas fiscales que llenan de tanta crisis e incertidumbre a los gobiernos. En concreto, evitar esas brechas puede ser fundamental para el suministro de medicinas, para los pagos de profesores, médicos y enfermeras, para la construcción de caminos vecinales que contribuyan a la economía, etcétera.

Pero la otra lección fundamental que el asunto de AG debería dejar en el imaginario nacional es el reconocimiento de lo importante y fundamental que es para la vida en nuestro país, que los grandes empresarios cumplan sus obligaciones fiscales. Mucho de lo que venimos presenciando en materia de lucha contra la  corrupción tiene que ver con los operadores que dentro de la estructura estatal han impedido que niños y niñas pobres puedan tener acceso a salud y educación. Pero también tiene que ver con ese interés de evasión y elusión fiscal que abonó el terreno para la existencia de una y mil líneas que han rayado completamente el escenario gubernamental y empresarial de nuestra historia.

De los grandes empresarios no debemos esperar computadoras, láminas, pupitres, cajas de medicinas, equipos y otros regalos. Debemos esperar el pago puntual, constante y honrado de los impuestos a los que están obligados. Que no se acerquen a los buenos oficios de los “linistas” para poder evadir, sino que mejor piensen en la sociedad de la que viven y de la que son parte, que piensen con el corazón pleno y sepan interpretar su obligación fiscal como un acto verdaderamente ciudadano y ético.

Es obvio que esta demanda tiene que aparejarse con la exigencia firme (y ya llevada a las calles) hacia las autoridades para que ese dinero que todos entregan obligatoriamente sea utilizado de manera correcta y eficiente. Por supuesto que de nada sirve que los grandes empresarios cumplan sus obligaciones, si el gobierno no responde también con ética, con responsabilidad y eficiencia técnica. Y si a eso no se le suma una orientación social verdaderamente asumida, entonces  el dinero irá a parar donde ya vimos que para.

Así pues, la honradez de quien recibe, decide, ejecuta y controla el dinero público se debe sumar a la honradez de quien lo suministra. Esto es especialmente sensible para los grandes empresarios puesto que sus aportes terminan siendo muy significativos para las obligaciones sociales del Estado.

La responsabilidad social empresarial empieza por el pago de impuestos. Allí se encuentra su principal y más significativa responsabilidad con la sociedad de la cual viven. Los regalos, en objetos o en servicios, solo deben ser complementarios (y por eso también deben ser valorados) a esa obligación que la historia debe seguirles marcando.

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