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La caída de Dilma Roussef

Brasil, la séptima economía del mundo, gigante demográfico con 204 millones de habitantes y país con “vocación imperial”, como afirman algunos, vive una prolongada crisis política, en medio de una recesión aún más seria, desde que se inició el proceso de “impeachment”, conocido así con el término anglosajón, en contra de la presidenta Dilma Rousseff, sucesora y discípula política del Luis Inácio Lula.

Hace un año, el vicepresidente Michel Temer, líder del Partido Democrático Brasileño (PMDB) aliado del Partido de los Trabajadores (PT) en las dos elecciones ganadas por Dilma, calificó de “impensable” el proceso y que el mismo no tenía “base política ni jurídica”.

El PMDB es calificado por comentaristas de la política brasileña, como venal y plagado de corruptos. Como la expresión viva del oportunismo que, a cualquier precio, se mantiene pegado al poder. Un partido bisagra como fue Todos durante el período Patriota, que siempre sacaba réditos políticos y económicos con la venta de sus votos.

Esa es la primera similitud de nuestra política con la brasileña. Otra es que gran número de políticos brasileños están sometidos a investigación criminal por su participación en la operación Lava Jato, equivalente a escala cósmica a nuestras Líneas y a TCQ, pues se relaciona con Petrobras, la mayor empresa de América Latina. Cunha, el recientemente removido presidente del Congreso es uno de los procesados y también se vincula a Temer, aunque aún no está sindicado.

Otra semejanza es la fragmentación del sistema político que es señalado por Marcelo Falak, columnista de Le Monde Cono Sur, como plagado de corrupción y financiación ilegal (algo que también nos suena familiar). El Congreso de 513 diputados está integrado por 22 bloques parlamentarios, superado por nuestro Congreso, que con 158 diputados tiene 25. Cabe también anotar el sobredimensionamiento del Congreso chapín, pues con menos del 10% de la población brasileña, tenemos casi el equivalente de un tercio de sus diputados.

Los logros del gobierno de Lula en materia social son impresionantes e inéditos en la historia brasileña. La drástica reducción de la pobreza, la ampliación de la clase media, el fuerte incremento del salario real, gracias a una sostenida política de salario mínimo, el éxito de su programa “Hambre Cero”, son algunos de los más relevantes. Cierto es que, como dice, Falak, la historia le hizo el regalo de una era de materias primas caras, pero supo administrarla, al contrario del histriónico Chávez.

Pero no pudo o no quiso desligarse de la corrupción. En 2005, a los dos años de su primer período, estalló el escándalo del “Mensalao”, que se traduce como el aumentativo de mensualidad, debido al pago mensual que se hacía a los diputados del Partido Laboral Brasileño para mantener su alianza con el PT. Equivalente a lo que, en Guatemala, durante muchos años, se conoció como el “doblete”, que recibían los diputados del partido oficial, proveniente de los confidenciales que manejaba el presidente del Congreso.

Aparte de que la palabra lealtad no parece figurar en el diccionario de Temer y el PMDB, se reprocha a Dilma que no supo mantener su frágil mayoría parlamentaria, que actuaba con arrogancia y prepotencia, ninguneando a los legisladores a pesar de estar expuesta a sus represalias. Careció de la habilidad y carisma de Lula. La alianza del PMDB con el mal llamado Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), augura una regresión en las políticas progresistas del PT y hasta un posible desmantelamiento de un modelo desarrollista relativamente exitoso.

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