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Atitlan: la gallina de huevos de oro

Recientemente, el Ministro de Ambiente y Recursos Naturales doctor Sydney Samuels Milson, afirmó de manera enfática ante los alcaldes de los pueblos que rodean el lago de Atitlán, que este reservorio de agua dulce está a seis años de morir.

Al escuchar estas estremecedoras palabras, de inmediato recordé la fábula de la gallina de los huevos de oro. Es una cuestión simple, porque “los humanos hemos crecido al igual que todos los seres vivos, a las orillas de los lagos, mares y ríos”.

Curiosamente, los hombres hemos convertido los inmensos manantiales “de aguas vivas” en inmensos basureros. Las envenenamos motivados por la avaricia y formas poco afectivas de relacionamiento con nuestro entorno natural.

Es el caso cuando hablamos de Atitlán. Ubicado a una altitud de 1,562 metros sobre el nivel del mar, con una extensión de 127.7 Km2, rodeado de volcanes y de una histórica cultura que arranca desde hace muchos siglos antes de nuestra Era Cristiana. Los valores y las formas de ver el mundo le dieron a este reservorio de agua dulce, un encanto de  espiritualidad. Era un signo de purificación y de un renacer continuo de la vida.

Hoy, es solo un recuerdo. Un ensueño. Una lejanía que se pierde en el murmullo de los cerros o del viento llamado Xocomil. La pureza, que fue una fuente de los valores culturales de los 13 pueblos que poblaron sus alrededores, se han contaminado por la bulla, la basura, los desechos. El pescador que buscaba un pez para cenar, es solo un recuerdo folklórico en una pieza de madera que compran los turistas. La virginidad que moldeó la belleza de este fenómeno de la naturaleza, está por desaparecer. Solo queda aún el encanto de gozarla desde sus maravillosos miradores. Porque cerca del agua, lo que sentimos en las manos, es la mugre de la suciedad.

No hemos logrado entender que el agua es un recurso finito. Con esta vil torpeza convertimos el lago de Amatitlán en basurero con aguas prietas de la podredumbre que se tragan la vida. Ahí están los chaletes abandonados que se construyeron para vacacionar. Y hoy, insatisfechos porque no nos basta esta destrucción, nos abalanzamos como hienas a comernos la gallina de huevos de oro del lago de Atitlán.

De Atitlán hemos vivido y soñado. Se han hecho canciones, poemas, hoteles y restaurantes. Es una belleza tan inmensa, que nuestros ojos se llenan de alegría al sentir esos oleajes suaves de aguas profundas y azules. Hoy hace falta una ética ambiental. Un giro de valores a través de la educación en el hogar, la escuela, la iglesia, el sector público y la empresa. Necesitamos abortar los antivalores que se comen a la gallina de huevos de oro, porque cercanamente ni cacarear podrá la pobre gallina. Cada individuo y grupo social, tendrán que adoptar los valores de respeto a esta gran casa que hoy nos da vida y refugio. Mañana siempre será tarde.

Necesitamos abortar los antivalores que se comen a la gallina de huevos de oro, porque cercanamente, ni cacarear podrá la pobre gallina.

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