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En los primeros días de mayo, el Banco Mundial presentó un informe sobre el estado del agua en el planeta. Los datos y las proyecciones no son para nada alentadores. Al leerlo queda una sensación de que vivimos tiempos de desmesura –la hibrys en todos los sentidos–, donde la discusión pública pasa más por los “yoísmos” y la supuración mental, como lo afirma Vicente Verdú, y menos por cierto sentido común de largo plazo. Hace apenas unas semanas, miles de ciudadanos caminaron más de 250 kilómetros para denunciar la calamidad que viven sus comunidades por la desviación de ríos. Es más, los porcentajes de contaminación en estos alcanza alrededor del 95 por ciento, así como lagos y lagunas. Sin contar que la mayoría de municipios no tienen un adecuado tratamiento de las aguas servidas.

Por otra parte, en el Relleno Sanitario de la Zona Tres –que en su nombre comporta una cruel ironía– murieron más de 20 personas, pero que según algunos guajeros, hay unos 100 desaparecidos. Y ello pone sobre el tapete la discusión sobre los vertederos de basura, la mayoría al aire libre, contaminando amplias áreas. Es decir, agua y basura infectadas por doquier. Como se sabe, Centroamérica es una de las regiones más vulnerables al cambio climático, en ese sentido, el BM indica que en América Latina y el Caribe, el calentamiento afectará dramáticamente los ecosistemas . Y, sin duda, el agua y los bosques serán cruciales para enfrentarla. Así, estima que debido al uso intensivo en la generación de energía podría ocasionar que para 2050, el agua podría reducirse en dos tercios en relación con 2015. Advierte que de no adoptarse medidas en el corto plazo, faltará agua y los campesinos serán los más afectados. “Los riesgos se precipitarán en cascada”, señala el BM.

En nuestro caso, en una columna de Plaza Pública, Bernardo López manifiesta que existen dos problemas: la inseguridad alimentaria (desnutrición crónica) y vulnerabilidad ambiental. Y esa tragedia rural, como la llama, implica generaciones sin futuro, “desnudas física e intelectualmente”. El BM subraya que “si persisten las actuales políticas de gestión de agua y los modelos del clima resultan correctos, la escasez proliferará, afectando regiones donde no existe el problema y se agravará en otros donde el agua ya escasea”. Además, “la demanda de agua sufrirá un crecimiento exponencial”. Ello implicará una reducción de 35 por ciento en el rendimiento de los cultivos en 2080. A ello hay que puntualizar que la mitad de los bosques en el planeta han sido destruidos.

Como sea, a pesar del plan estadounidense de prosperidad en la región, es evidente que este grave problema significará inestabilidad, una reducción del PIB en un seis por ciento, migraciones, conflictos, alza y escasez de alimentos, entre otros desafíos. Como es de suponer, el agua es un tema que va más allá de teorías económicas o de “oportunidad de negocios”. Incluso, más que un bien público, es una cuestión de supervivencia humana. Entonces, ¿cómo expresar el verdadero carácter de esta especie de impugnación, sin que esa sensación de avería nos invada con su desasosiego? El problema puede dar paso a conjeturas más o menos prudentes o ilógicas, pero ante un fenómeno de tal calibre, será de sabios poseer más convicciones y menos opiniones.

Como es de suponer, el agua es un tema que va más allá de teorías económicas o de “oportunidad de negocios” .

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