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El Cambray II: entierran a las últimas víctimas

Aún persiste el terror en la mente de las personas que lograron sobrevivir al deslizamiento de un cerro que dejó 280 fallecidos y sepultó más de 200 casas en la comunidad El Cambray II, Santa Catarina Pinula, el  1 de octubre de 2015, a las 21:39 horas.

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Ayer por la mañana, las calles de San José Pinula revivieron escenas de dolor cuando varios féretros se encaminaron acompañados de personas, que a pesar de la tristeza, sentían una paz interior al saber que sus familiares habían sido identificados.

DIOS ME TIENE VIVA

“Dios ha sido mi consuelo; Él me tiene viva después de tanto dolor”, expresó Ana María Castro, quien se ha quedado sola  viviendo en un cuarto, que según ella es pagado por quienes fueron jefes de una hija que falleció bajo el alud.

“Para una persona es difícil aceptar la pérdida de un ser querido. ¡Qué puedo decir yo!, que en este desastre se me murieron 23 familiares, hijos, sobrinos, hermanos, nietos y bisnietos. Era mi familia completa”. Con esas palabras entrecortadas y caminando del brazo de una hermana rumbo al cementerio de San José Pinula, doña Ana relata el infierno que le ha tocado vivir.

“Yo también estuviera muerta, pero ese día, unos hermanos de la iglesia me pidieron que saliera a orar con ellos y fuimos a una casa, adonde me llevaron la nefasta noticia. Jamás imaginé que fuera mi familia la que podía ser afectada, y menos a mi edad, quedarme sola. Ahora mi único consuelo es Dios. A raíz de esto sufrí un derrame, pero sigo firme en que mi Padre no me desampara”, relata la entrevistada.

“Jamás olvidaré ese momento, pero la impotencia es lo más duro. Luego viene la nostalgia, las risas de mis nietos y bisnietos, sus bromas y la compañía de mis hijos. Ahora, estar sola en un cuarto, a mis 72 años, es terrible, pero mi Dios es el único que me fortalece”, agrega con la mirada perdida.

NOS VOLVEREMOS A VER

Acompañada apenas por unas cuantas personas, llegó el momento de ver entrar los féretros de sus familiares recién identificados, a su última morada. Al salir del cementerio, doña Ana María Castro, con un hondo suspiro, comenta: “Un día todos nos volveremos a reunir”.

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