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Prohibido suicidarse en primavera

El día de ayer terminó en la UP la temporada oficial de la obra de Alejandro Casona: Prohibido suicidarse en primavera. Pieza agradecida, por contar con el fervor del público, cuyo mensaje es una luz de esperanza para los obnubilados. El trabajo, que continúa el resto del año en temporada estudiantil, posee cualidades que la destacan por su mensaje reflexivo. Premisa patente en todas las convocatorias de este tipo ofrecidas por la compañía de la citada entidad.

La presente columna tiene como objeto dejar un registro que honre a los actores que trabajaron bajo mi guía y exaltar los valores que como artistas poseen. Es la primera vez que acciono en una compañía establecida y, por ende, con un elenco que orbita, el día entero, alrededor de una sala teatral. No es que los otros protagonistas con los que he tenido el honor de compartir no cumplan con el resto de premisas. Solo señalo que hubo un clic mágico que redundó positivamente en el producto.

Lo que más agradezco al elenco es el compromiso que mantiene con el hecho escénico. No hay nada más importante que el desempeño sobre el escenario y eso lo demostraron todos con donaire y entrega. Es muy satisfactorio tirar unos cuantos granitos, en el terreno fértil de la imaginación, para verlos germinar robustos de ideas. Aunque he dirigido a muchos candidatos a primer actor o actriz, jamás lo había hecho con uno ya consagrado. Hablo de Raymundo Coy. Hombre paciente y talentoso, poseedor de una carrera tan diversa como rica. Perceptivo, discreto y con una llama juvenil envidiable.

Anayancie Comparini es segura y certera. Posee rango y fuerza, conocimiento de su rol y una perseverancia notable. Jorge Fajardo Pastor, único e irrepetible, denota un amor comprometido a su personaje, quien  lleva a las últimas consecuencias. Beldad Soto Guerra, suelta, intuitiva, telúrica y energética. Job Mejía, evolutivo, siempre dispuesto a vencer limitaciones. Elizabeth Marroquín, etérea, vaporosa, perspicaz y profunda. Mike Durán y Carolina Díaz son dulces e insuflan inocencia a sus personajes. Ambos encuentran a partir de la palabra.  Kevin Montepeque se ampara en el método y desde este dibuja su personaje hasta convertirlo en pintura. A ellos se suman los técnicos Hallorand, Alexis y Gustavo.  Queda, entonces, el registro.

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