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Democracia y derechos de las y los trabajadores

En esta fecha se conmemora, en la mayor parte del mundo, el Día Internacional de los Trabajadores. Como reza la popular consigna, este no es un día de fiesta, sino de lucha y de protesta.

Hay causas históricas, económicas y sociales que alimentan, en Guatemala y el mundo, la naturaleza contestataria y beligerante de la conmemoración, resumida como jornada para reivindicar los derechos laborales.

En Guatemala y el mundo, la lucha de las y los trabajadores ha sido y es componente esencial de los procesos de construcción de la democracia, no solamente política, sino también económica y social.

A muchos parecerá increíble que, en Guatemala, las palabras “obrero” y “sindicato” fueron literalmente proscritas del lenguaje cotidiano durante buena parte del siglo XX, y aún hoy remanentes de aquella ideología anacrónica, que fue ideología oficial del Estado, nutren los prejuicios descalificadores de todo aquello que huela a organización independiente de las y los trabajadores.

En una sociedad plagada de la desmemoria conveniente al uso prepotente del poder, político y económico, también se suele ignorar que durante los cruentos años que siguieron a junio de 1954, la adhesión a las organizaciones sindicales o al partido político de los trabajadores se pagó con un altísimo costo de vidas, cobrado mediante asesinatos, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas.

Aún hoy, a casi 31 años de vigencia de la actual Constitución Política de la República y a casi 20 años de la firma de los Acuerdos de Paz, en el movimiento obrero y sindical guatemalteco son sensibles los efectos de aquella siega practicada desde el Estado, cohonestada por elites económicas ancladas a los temores de quienes veían comunistas hasta en la sopa, la excusa perfecta para defender mezquinamente, con autoritarismo y prepotencia, sus estrechos intereses de clase.

Pero a contracorriente de la violencia, de los prejuicios ideológicos, de las cortapisas leguleyas, de la cooptación y la perversión sistémica de una parte del movimiento sindical, y de los efectos desmovilizadores del individualismo potenciado por la sociedad hiperconsumista, en la realidad social y política de Guatemala sigue habiendo espacio para el aporte de las y los trabajadores en la construcción de una democracia auténtica.

Porque no puede ser democrática una sociedad que, en los hechos y no en la letra muerta de la legislación, niega a las y los trabajadores condiciones laborales justas, salarios dignos y el derecho real de coaligarse para defender sus derechos.

Mientras la sociedad guatemalteca mantenga ese déficit, no podrá considerarse verdaderamente democrática. Es una tarea pendiente que corresponde completar, esencialmente y en primer lugar, con el esfuerzo organizado, consciente y responsable de los propios trabajadores.

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