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Brasil, en la senda de la inestabilidad política

Con el aliento contenido, la aldea mundial siguió ayer el desarrollo de la votación parlamentaria efectuada en Brasilia, donde la Cámara de Diputados debía decidir sobre el curso del juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff.

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Como es sabido, el triunfo del Sí implica la inminente suspensión temporal de la presidenta en el ejercicio de su cargo y el examen del fondo de la acusación contra ella, por parte de la Cámara de Senadores.

El triunfo del Sí fue aplastante y ocurrió en el marco de polícromas manifestaciones de una ciudadanía que, por fortuna y hasta el momento, no llegó a enfrentarse como se temía, dada la marcada división entre opositores y adherentes al gobierno del Partido del Trabajo (PT).

Porque, más allá del resultado de la votación parlamentaria, lo que está emergiendo es un país partido literalmente por la mitad y en marcha descendente por la senda de la inestabilidad política.

El estrecho margen con que Rousseff ganó su segundo mandato en 2014, un frágil 51 por ciento de los votos, prefiguró el desarrollo de una crisis política que se venía larvando con el trasfondo del deterioro de la economía y el tope a las expectativas de ascenso social de unas capas medias que, paradójicamente, se contaban entre las principales beneficiarias del “milagro brasileño” ocurrido durante los dos primeros mandatos del PT, bajo la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva.

Aunque cueste aceptarlo a sus adversarios ideológicos, tanto los situados hacia su derecha como a su izquierda, el PT, Lula y Rousseff pasarán a la historia de Brasil y de América Latina como expresiones del proyecto de transformación social más exitoso en el marco de una economía de mercado dinámica, que llegó a situar al gigante sudamericano en el ranquin de las diez mayores economías del mundo.

Ese ciclo parece haberse agotado, al menos en su expresión política. Lo más probable es que el PT deba salir del Ejecutivo brasileño por la puerta de atrás y se aboque, en el mejor de los casos, a un proceso de reflexión autocrítica sobre los errores tácticos y estratégicos que lo llevaron a esa situación.

Pero, entretanto, el probable sucesor temporal de Rousseff, el vicepresidente Michel Temer, y su Partido Movimiento Democrático Brasileño no parecen tener el sustento político suficiente (y sí la cola igualmente machucada) como para estabilizar al país y liderarlo, para salir de la crisis institucional ya instalada.

Vienen tiempos difíciles para el pueblo brasileño. Desde esta parte de América Latina, donde vivimos una experiencia que solo superficialmente es parecida a la de Brasil, seguiremos con atención el curso de los acontecimientos, con el ferviente deseo de ver a un pueblo hermano capaz de encontrar, por sí solo y sin indebidas injerencias foráneas, una ruta democrática para salir de este atolladero histórico.

Aplican a Brasil las palabras póstumas del chileno Salvador Allende: “Superarán otros hombres este momento gris y amargo…”.

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