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Nada más oportuno en estos tiempos de globalización y decadencia que volver a la figura de Don Quijote y lo que de valores nucleares encarna el personaje, o más bien, lo que representa él y Sancho Panza, el juicioso, alegre y vago escudero, portador de la sabiduría popular. Esta novela, publicada hace más de 400 años, es la más citada, pero me temo que la menos leída. Sin embargo, sigue siendo un faro, un norte a seguir desde que se dio a conocer, porque simboliza el más hondo y caprichoso  misterio: la seducción por los sueños y una inagotable imaginación. De algún modo, sumergirse en sus páginas es una liturgia, una invitación al camino, a perseguir y “desfacer entuertos”, como sucede desde hace siglos.

El Quijote es una batalla contra los molinos de viento y qué más contemporáneo resulta Cervantes cuando el mundo se debate entre guerras, hambre, cambio climático, entre algunos jinetes apocalípticos. Por ello, ahí esa historia donde porfiar es sinónimo de esperanza, también, una proclama radical de confianza en la humanidad, en sus posibilidades de redención. El Quijote profesa con solvencia una ética a prueba de desengaños y traiciones y Sancho, en su deformación paródica cree en él, aunque su visión del mundo sea cruda y resignada casi siempre.

Guillermina Schneider señala que esta hermosa novela hay que ubicarla en dos contextos: “El caballeresco y el realismo cómico”, pero más allá de los razonamientos académicos, el mismo Cervantes lo dijo en El amante liberal: “Si se sabe sentir se sabe decir”. Y lo dijo bien para esa época como para este hoy que nos reúne para conversar y contar las cuitas sobre esa gran batalla perdida que resulta a veces la vida. Andrés Trapiello escribe en Las vidas de Miguel de Cervantes algo que es más que una verdad de Perogrullo: “
cada vez que en España han surgido o rebrotado alguno de sus más hondos problemas o alguna de sus más recurrentes obsesiones, sin saber cómo ni por dónde, terminamos en las páginas del Quijote”.

Como sea, las quijoterías son patrimonio de quienes aún son capaces de indignarse, de aquellos que son renuentes a aceptar esa normalidad ahíta de supuestas holguras. Si no, léase el informe que difundió la FAO y apenas se conoció el domingo pasado. Según ese organismo, 750 mil millones de dólares es lo que se desperdicia en comida en el mundo, mientras dos mil millones de seres humanos padecen deficiencias nutricionales, que en términos más pedestres equivale a la palabra hambre. Así, cómo no pensar en quijoterías ante el drama de cientos de miles de refugiados en Europa oel sainete de los Papeles de Panamá. Cómo no profesar quijoterías ante los terribles índices de desarrollo humano en Guatemala o los desaguisados de tirios y troyanos en la política nacional. De esa cuenta, a Cervantes le debemos la gloria de la locura y la terquedad de las ilusiones. Su literatura es el espejo donde descubrimos la digna existencia de Quijotes y Sanchos. Es el mapa que nos indica  el camino hacia Dulcineas y realidades más allá de ellas mismas.

A Cervantes le debemos la gloria de la locura y la terquedad de las ilusiones

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