Home > Cultura > ¡Callate y seguí nadando!

Tras escuchar el breve, pero significativo concierto que recibió el comisario Pérez Chanán junto a Julia, su secretaria, escribió algunas notas en su computadora; luego decidió terminar la jornada y se dirigió a su casa.

Durante el camino hacia la colonia El Mezquital repasó varios aspectos del caso, de las ironías y de algunos cabos sueltos como la novia dormida de Diego Byron, el sobreviviente de la masacre, y hasta de los dos perros que se encontraban bajo el cuidado de la Sociedad Protectora de los Animales. Por otro lado, la tragedia en el estadio había demostrado que la corrupción también alcanzaba al deporte, ya que la ambición de muchos provocaba que se sobrevendieran boletos, más de lo que dictaba el aforo del Doroteo Guamuch.

Wenceslao realizó un par de paradas durante el camino, la primera en una pizzería y la segunda frente a un chiclero a quien le compró varias bolsitas de maní garrapiñado.

Tras sortear el pesado tráfico, el comisario arribó a El Mezquital, estacionó el auto y se preparó para recibir la embestida de sus cinco hijos y de Muñeca. Wendy le ayudó con la pizza y de inmediato le pidió a los pequeños que se fueran a lavar las manos lo más pronto posible.

Era bastante difícil que la familia del comisario se reuniera a comer en pleno. O alguno de los pequeños andaba en casa de alguno de sus amigos o Wenceslao estaba designado a algún caso o Wendy viajaba a visitar a sus padres a Occidente.

Sin embargo, esa cena fue para aprovechar que cada uno contara algún chiste o anécdota del colegio. Las dos pizzas comenzaron a desaparecer como por arte de magia.

Mientras Pérez Chanán repasó la cara de cada uno de sus pequeños a quienes observaba casi atorarse con la pizza, tragar vaso tras vaso de gaseosa, comenzó a preguntarse qué debía pasar para que un hijo asesinara a sus padres. En qué condiciones extremas debía de manejarse una relación para que alguien planificara el asesinato de toda una familia. El caso de la familia Figueroa no podía quitarse de su mente, pues todo apuntaba a que el asesinato lo había cometido u ordenado el hijo.

Uno de los pequeños de Wenceslao contó un chiste con el que todos se mataron de la risa; hasta Wendy, que era muy cauta y parca para la risa, sonrió con aprobación al humor del mayor de los hijos que había hecho una seguidilla de historias sobre aquel pequeño que le dice al padre: “Papá, ya no quiero ir a Europa”, y el progenitor le contesta: “¡Callate y sigue nadando!”.

El chiste hizo reír a todos, quienes bromearon con mímica y actuación cómo ese pequeño nadaba tras el papá. Wenceslao también sonrió, pero como no dejaba de pensar en el caso, sintió que la sangre le hervía, debido a lo que significaba “obligar” a un pequeño a atravesarse todo un océano para ir a otro continente. Si bien se trataba de una broma, le parecía cruel que eso se le hiciera a un pequeño.

Estaba a punto de levantarse cuando su hijo exclamó: “Saben el del hijo que le dijo al papá: ‘Papá, papá, ya no quiero una piscina’. Entonces el padre le responde: Cállate y sigue escupiendo”.

Wenceslao se levantó, le entregó un par de pedazos de pizza a Muñeca y se dirigió hacia su cuarto, mientras todos se carcajeaban.

Se quitó las botas y el uniforme. Se recostó como para tratar de olvidar todo, pues sabía que llevar problemas laborales a la casa era lo peor que a un padre le podía pasar.

Puso el teléfono sobre la mesita de noche y encendió la televisión. Cuando estaba por dormirse, sonó insistentemente el celular. Decidió no contestar, pero a la tercera vez, observó que se trataba del número de Enio y contestó.

—Comisario, ya despertó la novia de Diego Byron. Me acaban de avisar del hospital. ¿Qué hacemos?

—¿Usted puede venir por mí? Estoy listo en diez minutos.

—Enterado comisario, cambio y fuera.

SIGA LA INVESTIGACIÓN

Sigue el perfil oficial del Comisario Wenceslao Pérez Chanan en Facebook

.
.

Leave a Reply