El Siglo

¿Cuál es el rumbo de nuestra sociedad?

Cotidianamente leemos y platicamos acerca de problemas individuales y de lo que sucede a nuestro alrededor. Cada uno de estos pasos camina entre pedregales, sueños y signos de interrogación. A veces, en el insomnio nos hundimos en las ergástulas de la frustración personal o en la anomia y escepticismo social.

El derecho a la felicidad pareciera que se trunca a la vuelta de la esquina, cuando la miseria humana asoma sus narices dramáticamente. Los niños mueren por desnutrición; los campesinos son arrojados de sus tierras; los jóvenes vuelcan sus energías para escapar de un país en el cual no ven futuro y se van para el Norte; las mujeres son violentadas y marginadas; los indígenas terminan por automarginarse para defenderse del racismo; las aguas de nuestros lagos y ríos se han convertido en hacinamiento de suciedad, y los basureros abundan por doquier como una muestra de desprecio a la vida en general, en la cual nosotros mismos estamos involucrados a sufrir sus consecuencias de hediondez e insalubridad.

En medio de este escenario, la violencia reverbera y se cuela por las calles, caminos y veredas. No solo expropiamos las energías creadoras de la población, sino agresivamente volcamos el enojo y cólera sobre nuestros propios hermanos. Vivimos una situación de desorden que se palpa en el rodar de miles de llantas en cada caminito del país. Es una especie de “sálvese quien pueda” porque el barco de la anarquía se hunde con todos adentro. Como individuos le exigimos a quienes dirigen el Estado que lo salve, como si nosotros no tuviéramos en esto una parte de responsabilidad. Y por eso escamoteamos la realidad lacerante por la vía de la denuncia anónima o el silencio de la anomia.

La pregunta es: ¿Cuál es la sociedad que permite entonces mejores relaciones humanas? Pienso que es la sociedad democrática, en tanto esta conlleva la pluralidad de las ideas. Trabajar para la democracia es trabajar al mismo tiempo para los individuos y para la sociedad, porque la democracia, dice el pensador Antonio Marina, “es el mejor sistema que se nos ha ocurrido; una gran etapa en el vuelo de la inteligencia… podría ser un modo conjunto de resolver problemas, como decidir cuáles serán los valores elegidos en el ideario de la sociedad”. Ese es el rumbo que se debe marcar, en el cual la ciudadanía debe asumir responsabilidad ante el futuro  sobre la base de una relación con el prójimo.

De ahí que la fuerza de la democracia resida en la voluntad de los ciudadanos de actuar de manera responsable en la vida pública, porque la democracia se asienta sobre la responsabilidad de los ciudadanos del país y no hay democracia sin conciencia de pertenencia a una colectividad política. De lo contrario, afirma Hanna Arendt, ningún sistema sobrevive “sin ser sostenido por una voluntad de vivir juntos cuando este deseo se desvanece, toda la organización política se deshace muy rápidamente”.

En medio de este escenario, la violencia reverbera y se cuela por las calles, caminos y veredas

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