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El latigazo discursivo del embajador Robinson

La diplomacia y el cuidado de las formas, evidentemente, no es lo suyo. Su estilo directo, dígase abiertamente, molesta a muchos. Ayer fustigó, latigueando con verdades incontrovertibles, que de verdad duelen.

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El embajador de Estados Unidos, Todd Robinson, hizo gala de su fino timing político: respondió cuando quiso, y en sus términos, a la andanada de señalamientos que recibió antes de Semana Santa por parte del Nuncio Apostólico, monseñor Nicolas Thevenin; del ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Raúl Morales; del presidente Jimmy Morales y de media docena de columnistas, situados en el margen derecho de los formadores de opinión.

¿A quién molesta que se señale la corrupción? ¿A quién molesta el recordatorio del drama cotidiano del pueblo guatemalteco, ejemplificado por la muerte de un bebé en brazos de su madre, en la vía pública, por falta de asistencia hospitalaria?

Robinson sabe a quién molesta. Le dice a Juan para que escuche Pedro. Pero, además, responde cuando apenas empiezan a expandirse por el mundo las ondas convulsivas de los papeles de Panamá.

Desde mucho antes de ese destape mediático mundial, atrás del cual también está la mano de EE. UU., las autoridades de ese país sabían qué colas están machucadas. La mención del vínculo entre Marllory Chacón y el bufete panameño Mossack Fonseca, así como del asiduo uso de ese bufete de la impunidad global por guatemaltecos, no son casuales. Ahora todos sabemos que ellos saben.

Ese es el contexto en el cual se produce la explosiva declaración de Robinson, quien volvió a poner las cartas sobre la mesa. Los que deben entender, que entiendan: sobre aviso no hay engaño.

En el centro de la declaración del representante estadounidense hay un punto de la mayor sensibilidad: la soberanía, dice Robinson, no es prioritaria frente a la grave situación que vive Guatemala. No le interesan, agrega, las guerras del pasado. No le interesa 1954, sino Guatemala en 2016.

Comete un grave error y es inconsecuente con la causa que dice defender, porque Guatemala no llegó a la deplorable situación de Estado cuasi fallido en soledad, ni el Gobierno de EE. UU. es ajeno al curso seguido por nuestro país, precisamente desde 1954.

Porque la soberanía de Guatemala no fue la prioridad del gobierno de EE.UU. en la coyuntura guatemalteca de 1954, nuestro país empezó a descender hacia Xibalbá y llegó a donde estamos. Pero este es un reclamo que no compete exclusivamente a Washington, porque, entonces como muchas veces antes y después en nuestra historia, no faltaron élites políticas, económicas y militares malinchistas que sacaron tajada de esa fruta amarga, casi siempre ficticia, llamada soberanía.

Debería, Mr. Robinson, ser más autocrítico. Acaso le convenga recordar la frase que se atribuye al expresidente Franklin Delano Roosevelt, aplicable al caso guatemalteco: “Tal vez Somoza es un hijo de p…, pero es nuestro hijo de p…”

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