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Laura Restrepo: “El mal se mueve a sus anchas”

Laura Restrepo cree que la línea divisoria entre el bien y el mal es tan subjetiva como históricamente fluctuante, por el uso que ha hecho y hace de ella el poder, pero no le cabe la más mínima duda de que hoy, en el mundo que nos ha tocado vivir, “la sensación del mal se siente muy fuerte”.

“Siento que, de alguna manera, se nos ha desdibujado el marco ético. Colapsó la ética religiosa sin que se haya construido una civil. Quedó una especie de marasmo en el que el mal se mueve a sus anchas”, aseguró la escritora colombiana en una entrevista con Efe.

Eso es quizá lo que animó a Laura Restrepo (Bogotá, 1950) a viajar a tan inquietante territorio, a asomarse al precipicio del mal en su nuevo libro, Pecado (Alfaguara). Un viaje que, entre otras muchas cosas, le provocó estremecimiento.

“El libro tiene que ver con una vieja obsesión mía no solo con el mal, sino también con el bien; con ese bien que es invisible y que solo vemos por contraposición con el mal. Hace mucho rato que vengo tratando de nadar en esas aguas tan turbias que son las de la ética, tan confusas en nuestro tiempo”.

Pecado es una palabra que a la escritora colombiana le suena a bolero, que “ya no significa nada”, si bien como título le parece muy apropiado para esta novela, que es la suma de siete relatos, más una introducción, y un epílogo, que completan el puzle.

Los relatos que conforman cada capítulo de este libro, nuevos unos y más antiguos otros, inspirados algunos en hechos o experiencias unas veces reales y otras ficticias, están protagonizados por una serie de personajes como salidos de un cuadro de El Bosco.

Ahí está el verdugo al que llaman La Viuda, Emma la descuartizadora, las vanidosas hermanas Susanas; Arcángel, un niño sicario que lleva tatuado en la espalda “madre no hay sino una, padre es cualquier hijueputa”; el adúltero Luis B. Campocé o el Siríaco, un santo que sucumbe ante el pecado de la soberbia.

“No son personajes ni buenos ni malos, son personajes dignos. No quería personajes abyectos. Si bien pasan por el mal, de alguna manera lo hacen con una especie de sentido de la responsabilidad frente a su propia estructura interna”, explica la escritora, quien asegura que en su ánimo nunca estuvo revolcarse en el fango. “No me interesaba, ni que lo hicieran los personajes ni que lo hiciera el lector”.

Una cita de El adversario, un relato escalofriante del escritor, guionista y cineasta francés Emmanuel Carrére (“Pensé que escribir esta historia solo podía ser un crimen o una plegaria”, es la elegida por Restrepo para abrir un libro en el que no hay ninguna intención moralizadora.

“El relato de Carrére sí que invita a mirar de cara la maldad. Hubo momentos, durante su lectura, que tuve que cerrarlo, porque no podía más. Él se pregunta si contarlo es pecado o es una blasfemia, o es un acto de purificación”.

“Me preguntaba por qué me metía en estas profundidades, en estas oscuridades. Si era también una blasfemia o un acto purificador. O las dos cosas. Y sí, son ambas”, confiesa.

“El libro tiene que ver con una vieja obsesión mía con el bien, que solo vemos por contraposición con el mal”.

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