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Gerardo Guinea Diez

Hay ciertas noticias que vienen de golpe y no se puede evitar pensar que ciertos seres humanos son malos de corazón, que no pueden esconder su alba sombría. Aunque otros, a su vez, son luz en tardes de sombra. Como sea, somos porfiados y continuamos por la vida con la firme certeza que habrá otro día para amanecer sin esos desarreglos de un mundo patas arriba.

En pocos días, se muere un joven bombero, un adolescente aparece ahogado en la piscina de un colegio, la Corte de Constitucionalidad suspende provisionalmente la Ley de Tarjetas de Crédito, cunden por doquier rumores de nuevos golpes de la CICIG y el MP. A seis meses de la tragedia del Cambray II, los sobrevivientes viven en albergues y el subsidio y las viviendas prometidas brillan por su ausencia. Por otra parte, varios niños mueren por negligencia médica o por causas evitables. El dolor es demasiado para tomar en cuenta la ramplonería de ciertos comentarios sobre la responsabilidad de las madres.

Demasiados sucesos como para salirse por la tangente y justificar éticamente hechos condenables en todo sentido. Cualquiera que hojeé las páginas de nota roja tendrá ante sí un menú del odio. Los asesinatos continúan y no son para nada algo vagamente siniestro. Abrumado por tanta sevicia, no me queda más que recordar un poema del libro País con lunita: “Aquí es el llanto /en la manta sobre el cadáver /aquí es /en la obscenidad del acero /aquí /el hedor de lo oscuro /zaguán del miedo.

Por supuesto, no se trata de reducir ciertos argumentos a verdades simples y primarias, pero al menos se esperaría que ciertos análisis no estén montados sobre una lógica tan ayuna de brillos, al menos, retóricos. Quizá, lo saludable sea voltear la vista hacia el otro lado de la realidad, donde hombres y mujeres se alojan en cierta trascendencia. Esas personas que tienen  numen, como lo define Fernando del Paso en ese hermoso libro Memoria y olvido, vida y obra de Juan José Arreola.

La idea puede parecer ingenua y el hoy no puede leerse como un informe parlamentario, mucho menos, con prosa de burócratas con malhumor municipal. Sin embargo, es necesario creer, no importa cuán grande sean las dificultades. El filósofo Isaiah Berlin afirmaba a menudo que “mi paisaje favorito son las personas”. Y creer pasa también por celebrar ciertas fechas y nombres. En un exquisito libro, El loro de Flaubert, Julian Barnes afirma: “…nos enteramos de cosas, hacemos preguntas, recordamos… y luego aparece un detalle sin aparente importancia que lo modifica todo”. Y ese está en aquellos que perseveran a pesar de las adversidades, como fue la vida de Flaubert, reconocido por Vargas Llosa, quien leyó Madame Bovary “en estado de trance y revolucionó mi visión de la literatura”. Por estas fechas, cumpliría 90 años el poeta Jaime Sabines. Frente a esta realidad tan poco entendible, sus palabras: “La poesía sirve para ayudar a las gentes  que se ponen a contemplar este mundo destruido y abstracto”, y seguir el canto de la vida y su río tras de sí, como nubes lentamente.

La poesía sirve para ayudar a las gentes  que se ponen a contemplar este mundo destruido y abstracto

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