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La obra de Juan Bautista Navichoc

Ventana al arte

Guillermo Monsanto

 guillermonsanto@yahoo.com

Han pasado más de 15 años desde el traslape del siglo XX al siglo XXI. Lapso en que los artistas emergentes propusieron un imaginario de frente a la receta consensuada oficialmente para triunfar en Bienales, Subastas, ONG y galerías de arte. Los más jóvenes, contraviniendo el canon estructurado por los curadores, aprendieron a dibujar y a pintar buscando en la perspectiva de la academia un espacio para difundir sus desvelos. Brincando por distintos escenarios, los mayores exploraron con más determinación la instalación, performance y otras expresiones para regresar al trabajo artesanal de estudio, menos efímero, reabriendo así el diálogo entre el artista, su creación y quien la observa.

La obra de Juan Bautista habita universos divididos. Su sensibilidad como pintor emerge, primeramente, de la pintura popular practicada tradicionalmente en su comunidad Tz´utujil en el lago de Atitlán. Por el otro, se nutre del arte “culto” y de toda la información que significa el contacto con la dinámica de una ciudad como la Nueva Guatemala de la Asunción.  A ello se suma lo que percibe, también, en la antigua Santiago de Guatemala, otro de sus centros de acción. En estas dos metrópolis es un extranjero y en su terruño, luego de lo recorrido, también.  Es con estos ojos, encarrilados en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, que un autor como él concibe formas neo-surrealistas.

En lo técnico, su estilo se decanta por los refinamientos del color y sus gradaciones.  Se parapeta tras un dibujo fuerte y bien definido. Temáticamente propone desde las posibilidades de  apropiación de la figura zoomorfa de crustáceos, cangrejos en este caso, para concebir una reflexión más profunda que aborda el tema metafórico de la sobrevivencia. Ello, sin dejar de lado una estética delicada y hasta virtuosa.

El fondo níveo es fundamental en su propuesta para la exaltación de las formas. Tanto en el afortunado contraste de los tonos, como en la agresividad de sus sujetos, hay un sello personal que le define y le otorga certificado de autenticidad. Es producto que lucha por abrirse paso por su propio mérito y que representa buena parte del arte joven de su comunidad porque el referente inmediato surge de allí, del lago de Atitlán y de la riqueza de la cultura indiana.

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