El Siglo

La bella durmiente

Wenceslao terminó de subir fatigado las gradas del tercer piso del Palacio de la Policía. Para terminar los últimos escalones tuvo que apoyarse con las manos. Su corazón se aceleró y la punzada en el pie del ácido úrico le recordó que debía comprar su medicina.

Julia lo recibió con una taza de café. Aunque sabía que su superior nunca lo tomaba, siempre se la ofrecía, quizá por costumbre, quizá para tentarlo. Antes de que la robusta secretaria comenzara a recitar los casos pendientes y las órdenes del director, el comisario le pidió que enviara a alguien a comprar diclofenaco, pues desde que se había sentado en su silla, el dolor de la gota se había incrementado.

Encendió su computadora y comenzó a redactar un mensaje de correo electrónico para su amigo Arthur, quien todavía se encontraba en prisión en Costa Rica. Le escribió sobre algunos pormenores. Su amigo, que estaba acusado de venta y tráfico de cocaína, siempre encontraba tiempo en la prisión para escribir algunos casos inspirados por lo que el comisario le relataba en sus mensajes.

Seguidamente, el comisario realizó llamadas a la morgue y al Ministerio Público y revisó algunos portales sobre criminalística. Le pidió a Julia que les explicara a Enio y Fabio que la reunión se realizaría en una de las oficinas del Palacio, pues el comisario no estaba en condiciones de bajar y subir gradas.

—También pídame un par de panes con chile para mí y una Grapette y por favor las medicinas.

—Comisario, no debería de comer— Wenceslao lanzó una mirada de Pittbull a Julia por lo que tuvo que interrumpir su sugerencia. Giró sobre sus talones y volvió a su escritorio. Anotó en su agenda que más tarde llamaría a Wendy para contarle de lo mal que se portaba su jefe con la comida.

A las diez con treinta aparecieron en la oficina Enio y Fabio. Ambos habían llevado panes con chile para el comisario por lo que se juntó con cuatro. Los tres caminaron hacia una de las oficinas que Julia reservó.

—Algunos adelantos, comisario. Sobre todo lo que encontré en computadoras y algunos papeles de Diego Byron, que ya me enteré que le pusieron ese nombre por Maradona y nuestro Byron Pérez. Tengo que decirle que la cosa está peliaguda, pues la relación que mantenían padre e hijo era sumamente anormal y bastante tirante.

—Enio. Antes de que prosiga con los resultados de sus investigaciones, me gustaría mencionar algunos datos curiosos de un poco antes y algo de ahora.

—Mejor déjense de tanta filosofía y vamos deunavez al grano —reclamó el comisario mientras sacaba de la bolsita celeste el segundo de los panes con chile.

—Ocurre que efectivamente existió una gran brecha entre el señor Figueroa con su hijo. Según las investigaciones, al patojo lo inscribieron en equitación, karate, piano, atletismo y hasta ajedrez, pero parece que su progenitor esperaba una medalla olímpica en cada deporte y como no obtuvo nada de nada, lo sacaba y lo cambiaba de deporte. Eso le valió golpizas, regaños, castigos y demás. Hasta le compró una moto de esas que pegan saltos en la tierra, pero luego se la fue a vender porque tampoco ganó ni un quinto puesto. Existía una evidente obstinación de que el pequeño Diego Byron fuera una superestrella. Creo, comisario que muchos padres ven a sus hijos como premios Nobel, medallistas olímpicos o superdotados, pero este señor sí se voló la barda, porque se nota que lo descalificaba para todo.

—Eso que usted menciona Fabio, yo lo tengo más documentado con otros datos sobre la relación de ellos. Además, el evidente desencanto del muchacho con su madre y más adelante sus hermanos, debido a que, posiblemente quería respaldo de parte de ellos, pero, quizá no lo encontraba.

—Permítame Enio y comisario. Aquí viene mi anuncio: ocurre que el tal Diego Byron tenía una noviecita. La susodicha se llama Ruth Rodríguez. Pero ocurre que lleva varios días de internada en un hospital privado.

—¿Ya fue a verla? ¿Le dijo algo?

—No Enio. Resulta que la susodicha está en coma. Parece, comisario que tenemos una bella durmiente a la espera de un beso, que de seguro no será de un príncipe azul, sino de un policía tan guapo como usted.

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