El Siglo

Entre la coexistencia y la autodeterminación

En una carta fechada el 24 de octubre de 1823 y dirigida al entonces presidente de Estados Unidos, James Monroe, uno de los arquitectos de la democracia republicana y liberal estadounidense, Thomas Jefferson, dice: “Confieso cándidamente que siempre he mirado a Cuba como la adición más interesante que pudiera hacerse nunca a nuestro sistema de Estado. El control que, con Punta Florida, esta isla nos daría sobre el Golfo de México, y los países y el istmo limítrofes, además de aquellos cuyas aguas fluyen a él, colmarían la medida de nuestro bienestar político”.

En otra carta, escrita el 18 de mayo de 1895 en los campos de batalla de la segunda guerra independentista cubana, el ideólogo de ésta, José Martí, dice a su amigo mexicano Manuel Mercado: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Estas son las palabras de dos próceres de la independencia de sus respectivos países: Estados Unidos y Cuba, dos proyectos enfrentados. Uno expansionista, el otro de resistencia a esa expansión. La historia de las relaciones entre esas dos naciones puede escribirse teniendo como hilo conductor, precisamente, la tensión entre ambos proyectos.

La ilumina la épica martiana, la marca la guerra hispano-estadounidense de fines del siglo XIX, la ocupación militar de las últimas posesiones coloniales españolas, la oprobiosa Enmienda Platt, y la revitaliza el derrumbe de la dictadura militar batistiana y el triunfo del Movimiento 26 de julio encabezado por Fidel Castro Ruz en enero de 1959, e inmediatamente permeada por la Guerra Fría.

Es común decir que la visita iniciada ayer por el presidente de EE.UU., Barack Obama a Cuba se asiste al epílogo de la Guerra Fría en el continente americano. Si se aprecia desde una perspectiva histórica profunda, como la que identifica los dos proyectos, el expansionista y el de resistencia, el capítulo que se escribe con el deshielo entre Washington y La Habana más bien puede entenderse como la exploración de una vía de coexistencia respetuosa y mutuamente ventajosa, entre una superpotencia con vocación imperial, y una pequeña nación, que nunca aceptó ser una estrella más en la bandera de las barras blancas y rojas.

Lo que hace histórica la visita de Obama a La Habana es, precisamente, el simbolismo del triunfo de una acendrada dignidad nacional sobre la arrogancia imperial y el predominio del pragmatismo sobre los residuos anacrónicos del imperialismo secular, prefigurado por Jefferson.

Cuánta verdad había en la carta de Martí a Mercado: “Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella”. Ojalá puedan entenderlo Obama y su comitiva.

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